Como el embarazo afecta al amor.

Mi esposo, Alex y yo estábamos terminando la universidad cuando nos pusimos de novios, nuestra primera “cita” fue una noche de baile con amigos. Cuando nos casamos cinco años después, el romance aun se seguia sintiendo joven. Siempre de picnic en la playa cerca de nuestra casa alquilada en California, y el ha compartido muchas cenas con infinidad de amigos. Estar casado era muy divertido.

Entonces, un poco más de un año después de nuestra boda, mi madre murió. Nos trasladamos al este para poder estar más cerca de nuestras familias y compramos nuestro primer hogar, en la zona rural de Nueva Jersey. Lejos de nuestros amigos, que vivian en medio de la nada, con debates sobre la hipoteca y cosas rotas en la casa que no teníamos ni idea de cómo arreglar, toda la dulzura parecía que comenzaba a  desvanecerse. Yo ya no era una adolescente más. De repente, yo era una mujer adulta con un marido. Y entonces quedé embarazada.

Desde el momento en que vi que la línea azul en la barra del test de embarazo, El romance estaba en el aire otra vez. El saber que habíamos tenido éxito en este extraño experimento científico con nuestros cuerpos nos hacia sentir muy emocionados, y la extraña novedad de estar embarazada trajo un rejuvenecimiento encantador a la relación.

Estaba enferma como un perro durante el primer trimestre. Me eché a llorar cada mañana antes del trabajo, preguntándome cómo podría tolerar otro día de intensas náuseas. Emocionalmente yo estaba de lo mejor, caminando en el aire. Yo fui una de las mas afortunadas de las mujeres respecto al desequilibrio de las hormonas del embarazo, y me sentí más tranquila y más contenida que cuando era un niña de mama. Mi buen humor era contagioso, e incluso en toda la enfermedad, con Alex era todo bromas y objeto de burla y coqueteabamos diciendo que teníamos buena química como los viejos tiempos.

Durante el segundo trimestre, ya estaba con la enfermedad que se habia ido y unas buenas hormonas rabiando a través de mí como si yo fuera una adolescente. Ese momento lo sentí como los meses entre nuestro compromiso y nuestra boda. Mareados y emocionados a la vez con el compromiso que habíamos hecho el uno con otro, empezamos una tradición nocturna de yacer juntos en el sofá después de la cena así Alex podía poner su mano firme sobre mi vientre y disfrutar de lo que apodábamos “la danza del bebe después de la cena.” Me acurrucaba junto a él y podía sentirnos a los tres como una familia.

Descubrir que íbamos a tener un muchacho nos lanzó para arriba de un salto. Los dos estábamos felices de la alegria al conocer el resultado del ultrasonido, pocos días después, durante una cena con velas, admití a Alex que estaba asustada por completo por saber que tenía un niño con un pene que vivía dentro de mi cuerpo. Yo siempre pensé que quería un hijo, pero cuando llegó el momento de la verdad… me sentia tan extraña… Mi hermana y mi cuñada ambos tenían niñas. Yo era una niña. Me pregunté si sabría qué hacer con un niño. Alex se aclaró la garganta, y esperé sus palabras tranquilizadoras:

 – No hay marcha atrás, “Tambien estoy nervioso por tener un niño”, dijo.

Confesó que se preguntaba si él sabría cómo ser un buen padre para un niño, ya que siempre habia tenido una relación difícil con su padre.

Ambos nos hemos puesto a pensar “Eso es todo – no hay vuelta atrás”, era completamente aterrador. Para mí, la frase “el fin de la vida tal como la conocemos” vendría a mi mente en los momentos de pánico pensando en el bienestar del bebe. ¿Qué pasa si algo estaba terriblemente mal? Alex, normalmente un procupado de clase mundial, estuvo extrañamente relajado acerca de la salud del bebé. Esto me ponia un poco loca, como si yo tuviera que preocuparme por dos.

Cuando le expresé mi frustración por ser la única inquieta, Alex me aseguró que en el momento de nuestro hijo nazca, iba a comenzar a preocuparse por el dia en que el niño se siente al volante de un coche. Parecía un trato justo.

También estuvimos rápidamente de acuerdo en un nombre. Esto era tranquilizador. Aunque sabía que el gusto del mismo nombre no garantizaba que íbamos a irnos a la cama estando de acuerdo acerca del consumo de azúcar, había algo reconfortante en compartir la crianza de los hijos sin una gran pelea.

Cuando se rompió la fuente a las 3 am en mi fecha de alumbramiento, estábamos nerviosos y felices, al igual que el día de nuestra boda. Nos dirigimos al hospital. Éramos un equipo invencible.

Por supuesto, el parto y el alumbramiento, por no mencionar los diez primeros meses de vida de nuestro bebé, nos demostró que estábamos muy lejos de ser invencibles, y que a veces nos preguntamos si estamos a la altura de todo. Mirando hacia atrás, es como si la vida tuviera una extraña manera de prepararnos para las cosas que vienen por delante. Si no huviesemos pasado por los nueve meses para ser los mejores amigos de nuevo, los retos de primer año de nuestro bebé podrían haber sido imposibles para nosotros. Pero aquella mañana de julio, sin una sola nube en el cielo, que siguimos adelante hacia lo desconocido, con la esperanza de que todo iba a estar bien, y confíados en que, no importa qué, lo ibamos a superar juntos.

Sarah Trillin es una trabajador social clínica y madre que vive en la zona rural de Nueva Jersey.

Traducido al español – Fuente: parenting.com

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